Fundación César Manrique
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Jardín de Cactus
Jardín de Cactus
Jardín de Cactus. Detalle de escalera y escultura
Jardín de Cactus. Interior de cafetería
Jardín de Cactus. Detalle de escalera y escultura
Jardín de Cactus. Terraza de la cafetería
Jardín de Cactus. Tienda
Jardín de Cactus. Detalle para el baño de señoras
Jardín de Cactus. Entrada
Jardín de Cactus. Detalle puerta de entrada
Jardín de Cactus. Terraza de la cafetería
Jardín de Cactus
Jardín de Cactus
Jardín de Cactus. Detalle de lámpara
Jardín de Cactus. Vista general
Jardín de Cactus
Jardín de Cactus
Jardín de Cactus
Jardín de Cactus
Jardín de Cactus
Jardín de Cactus
Jardín de Cactus

El Jardín de Cactus es la última intervención de César Manrique en el territorio de Lanzarote y un compendio de las pautas estéticas que siguió en sus obras de arte público integradas en el paisaje. La creativa mezcla de lenguajes y técnicas artísticas, que el propio autor lanzaroteño denominó como "arte total", logra dar vida en este caso a una arquitectura orgánica y a elementos decorativos y escultóricos fusionados con el entorno. Un planteamiento para unir Arte y Naturaleza.

El proyecto para realizar el Jardín de Cactus se comenzó a gestar en los años sesenta —en 1973 ya se rehabilitó el molino que corona el recinto— pero por distintos motivos los trabajos se fueron retrasando hasta que, a finales de la década de 1980, la construcción se aceleró y el Cabildo de Lanzarote pudo inaugurarlo en 1990. En la ubicación del Jardín de Cactus concurrieron dos de las condiciones típicas en la selección de los espacios que hacía Manrique: valor paisajístico y posibilidad de rehabilitar un paraje que estaba degradado. El artista escogió una antigua cantería del pueblo de Guatiza convertida en un vertedero y situada en una zona donde predominan los llamativos cultivos de nopales o chumberas.

Un hito de gran protagonismo visual marca la llegada al Jardín de Cactus. Se trata de una escultura metálica que representa a un enorme cactus con cientos de púas. Un icono de grandes proporciones que refuerza aún más el protagonismo de la familia de las plantas cactáceas. En los muros de piedra volcánica del exterior un creativo enrejado metálico con formas vegetales da paso a una recepción en la que Manrique vuelve a demostrar su capacidad para lograr grandes efectos escénicos. La disposición del acceso impide ver parcialmente la obra, de tal manera que el visitante gira por un pequeño pasillo hasta que de repente aparece la vista completa del Jardín de Cactus. La pieza constructiva que conforma este espacio de entrada se basa en una estructura de planta circular que reinterpreta los taros (refugios de cabreros) insulares. Esta misma referencia la desarrolla Manrique creativamente en la pieza que acoge la tienda del conjunto, coronada con una escultura móvil. Tras superar la estrecha entrada, el espectador se encuentra en un punto alto desde el que contempla un mundo lleno de referencias visuales y de vivos contrastes de colores. Un espacio de tintes mágicos y oníricos que ha sido concebido de forma global y cuya estructura casi circular recuerda a los teatros de antigüedad, ya que se va elevando poco a poco mediante unas terrazas muy similares a los bancales de la agricultura local.

La presencia cromática de la piedra volcánica, con tonos rojos, negros y pardos, es predominante, aunque las principales notas geológicas son los grandes monolitos basálticos que quedaron como obeliscos en la época en la que se extraía tierra de este lugar y que Manrique recupera y conserva, confiriéndoles un claro valor escultórico. Pero es la flora, a través de la vivacidad y el exotismo de los cactus, quien lo inunda todo. Cientos de especies ofrecen una variedad inagotable de formas y colores para que el visitante los descubra en este escenario poético destinado a su disfrute y esparcimiento. En todo el conjunto flota la idea del jardín como espacio simbólico y real, en donde el contacto directo con la naturaleza nos lleva a nuevos estadios de reflexión y regocijo, subrayados por la presencia paradójica del agua en distintos momentos.

A un lado del espacio central se sitúa un restaurante en cuyo interiorismo se reconoce el lenguaje del artista, muy desarrollado aquí a través de elementos de madera y vidrio. La escalera helicoidal, apoyada en una delicada escultura de metal y cristal, resulta de gran plasticidad. Sobre él, otra terraza desde la que se puede acceder al gran molino ubicado en la parte más alta y que alude a la arquitectura vernácula de Lanzarote. En estos recintos, Manrique exhibe la desbordante imaginación que aplicaba a los detalles ornamentales, mediante piezas del mobiliario y singulares esculturas que hacen referencia a la plasticidad de los cactus.

Desde las claves estéticas propias de Manrique, el Jardín de Cactus es un fecunda aportación a la tipología de los jardines que tanto se ha revitalizado en la modernidad. Una obra integradora y totalizadora, en la que las características del artista lanzaroteño se notan tanto en las grandes líneas como en los pequeños detalles. Manrique en estado puro, combinando arquitectura, intervención espacial, escultura, interiorismo o jardinería en busca de su rica fórmula de arte total.

 

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